Bardales
Susana acaba de barrer el suelo del local y se pone tras la barra. David, el último cliente, se mantiene aún en el taburete pese a lo que ha bebido. Es un cuarentón solitario, conocido de la zona por frecuentar los bares las noches de los fines de semana. — Anda, ponme la última — Tengo que cerrar —replica ella con hastío. — Venga… Susana se gira y manipula uno de los refrigeradores, sacando una botella sin etiqueta llena de un licor oscuro. Tan fría, que rápidamente se condensa la humedad en la superficie tornándola blanquecina. La pone sobre el mostrador. — Un chupito de mi licor de moras y te vas de una vez —ella llena un vaso hasta los bordes sin esperar respuesta. — Menudo arañazo llevas ahí —David toma el vaso y con el meñique señala en el dorso de su mano un rasguño inflamado. — Me lo hice recogiendo las moras para esta botella —contesta la mujer antes de ponerle el tapón y devolverla a la nevera. Después se besa la yema de dos dedos y roza la foto de su hija Andrea colga...
