Bardales
Susana acaba de barrer el suelo del local y se pone tras la barra. David, el último cliente, se mantiene aún en el taburete pese a lo que ha bebido. Es un cuarentón solitario, conocido de la zona por frecuentar los bares las noches de los fines de semana.
— Anda, ponme la última
— Tengo que cerrar —replica ella con hastío.
— Venga…
Susana se gira y manipula uno de los refrigeradores, sacando una botella sin etiqueta llena de un licor oscuro. Tan fría, que rápidamente se condensa la humedad en la superficie tornándola blanquecina. La pone sobre el mostrador.
— Un chupito de mi licor de moras y te vas de una vez —ella llena un vaso hasta los bordes sin esperar respuesta.
— Menudo arañazo llevas ahí —David toma el vaso y con el meñique señala en el dorso de su mano un rasguño inflamado.
— Me lo hice recogiendo las moras para esta botella —contesta la mujer antes de ponerle el tapón y devolverla a la nevera. Después se besa la yema de dos dedos y roza la foto de su hija Andrea colgada en la pared. La chica de catorce años que desapareció una noche de hace casi dos años volviendo del pueblo vecino en fiestas. Susana llenó la vecindad de carteles con su descripción y unos teléfonos de contacto que al principio recibieron algunas llamadas estériles. Con el tiempo cesaron las llamadas, y la Guardia Civil fue poco a poco destinando menos recursos al caso para desesperación de la madre.
«Menuda ración de amigo», se relame él por la abundante cantidad de licor que hay en el vaso. Disfruta del trago mientras Susana vacía la caja y empieza a bajar las persianas. Sin que ella le vea, brinda con la foto de la chica que violó y estranguló en el bosque aquella noche.
La encontró de casualidad al acabar la orquesta y se ofreció a llevarla de vuelta. La chiquilla confió en aquel parroquiano habitual del bar de su madre, quien la llevó por una pista forestal, uno de los muchos atajos que los lugareños tomaban en lugar de la carretera para ahorrar tiempo. Minutos después, la sacó del coche a golpes y tirones de pelo para violarla en aquel lugar aislado. Al acabar, la estranguló sin miramientos y arrojó el cuerpo semidesnudo a una sima zarzaleña.
David apura el vaso mirando la foto de Andrea. Aún tiene erecciones recordando los detalles de la noche y ese era un sádico motivo más por el que frecuentaba el bar de Susana, con más asiduidad que otros. Ver la foto de la chica y recrearse en silencio. Deja un billete en el mostrador y sale sin esperar el mísero cambio en busca de su coche mientras detrás suyo el bar queda a oscuras y se oye el chirrido de la última persiana. Arranca y conduce hasta salir del pueblo. La poca luna y una ligera niebla que difumina la estrecha carretera le hacen decidir que los caminos del monte para esquivar a los civiles por su embriaguez no serán seguros. Enfila despacio por la carretera confiando en no encontrar ningún control de alcoholemia antes de llegar a casa, pero su hinchada vejiga no aguantará el trayecto, así que orilla el vehículo en un ensanchamiento tapizado de hierba junto a la calzada sin arcén. Es una pequeña zona despejada del bardal que cubre el desnivel entre la carretera y el río más abajo, tan espeso que ni siquiera la Diputación se ha molestado en poner quitamiedos en los bordes, un muro vegetal que no deja ver el curso de agua ni en un mediodía de julio. Deja que los faros le iluminen para acercarse al extremo del claro y se alivia de espaldas a la carretera. Es una niebla ligera, David se sorprende de notar tanto frío en el cuerpo mientras orina. Entonces oye que alguien menciona su nombre a su espalda, y se sube la cremallera para girarse. Mala suerte sería que los guardias le pillasen con la bragueta abierta. No son los civiles, sino Susana, que le mira en pie junto a otro coche con las luces apagadas. Tiene los brazos colgando junto al cuerpo con algo en la mano derecha que David no puede ver bien cegado por los faros. En un movimiento repentino, la mujer avanza un paso y le abofetea, zas-zas, con el extremo de algo espinoso haciéndole trastabillar hacia atrás.
— ¿Estás loca, zorra? —David se toca las mejillas que escuecen con los arañazos, gruñe y hace ademán de embestir a Susana. Ella le detiene extendiendo el brazo y amenazándole con unas ramas de zarza iluminadas ahora por los faros, gotas oscuras resbalan por el puño femenino al apretar las púas contra la palma.
— David… soy yo —se oye de nuevo la voz sin que Susana abra la boca.
Él parpadea para aclararse la vista. Hay algo corporeizándose desde la niebla junto a Susana. Una figura con unas chispas rojizas en lugar de ojos, casi que recuerda a...
— Lo has hecho muy bien mamá… ahora él también puede verme.
En los ojos del hombre se puede ver la confusión que poco a poco da lugar al miedo. Quiere avanzar, mas ha enredado los bajos del pantalón en los zarzales al retroceder. De nuevo intenta dar un paso adelante, aunque tiene la sensación de que tirasen de él hacia atrás. Entonces la cosa de niebla es la que avanza y él quiere huir hacia un costado, pero se nota arrastrando el peso de todo el bardal enganchado a las piernas, unas garras de espinas alrededor de los tobillos. Sólo puede retroceder paso a paso hasta caer chillando de espaldas sobre las zarzas que poco a poco ceden bajo su peso. Se revuelve. El miedo se torna pánico y grita que le ayuden, que le saquen de allí. Intentando escapar, solo consigue arañarse, enredarse, clavarse aquellas espinas más y más. Sin encontrar punto de apoyo, se hunde mientras Susana se acerca al borde de las zarzas y le mira jadear desesperado. Una rama se enrosca alrededor de su cuello impidiéndole respirar, otras parecen querer meterse en la boca mientras gime cada vez con menos fuerza. Algo parecido a una sonrisa parece dibujarse en aquella cosa de niebla junto a Susana. Y David deja de verlas a medida que desaparece en un mar de púas y oscuridad. Se le oye agitarse irregularmente durante unos minutos antes de que los únicos sonidos presentes sean los producidos por el viento entre la vegetación.
— El coche, mamá.
Susana deja de mirar la negrura que se lo ha tragado, asiente y abre la puerta del automóvil, apaga las luces y suelta el freno de mano. Tras un empujón, el coche resbala sobre la hierba húmeda hacia la pendiente y se lo traga la oscuridad con un sonoro crujido de ramas. Cuando se desvanece el sonido del zarzal, la mujer acaricia el rasguño de su mano con los dedos de la mano contraria y se vuelve hacia el espectro que parece disolverse poco a poco en la niebla.
— Te quiero, cariño.
Susana queda en pie sola junto a la carretera. Sin estar segura de haber oído o imaginado la respuesta que esperaba, sube al coche, respira hondo y arranca para volver a casa. El palpitar del arañazo se calma a medida que se aleja de los bardales.

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