Nadie pasa de aquí

Fotografía. Fatima Acunman

En el noventa y seis, tras un doloroso divorcio y sin mejor sitio al que ir, me acerqué al piso donde viven mamá y la tía Josefina. Pedí que me dejasen ocupar la vivienda pequeña del pazo mientras cuidaba la finca, deshabitada desde que el abuelo falleció un par de años antes. Tras el sepelio las hijas decidieron que la avoa Nucha no podía vivir sola, así que mamá y la tía se la trajeron al piso de Pontevedra. Ellas preferían la comodidad de la capital, aunque mi Nucha se marchitó con rapidez lejos de su hogar y meses después ya reposaba junto a su esposo. Yo necesitaba un lugar familiar en el que refugiarme así que mamá insistió que me instalase en el hogar de mi infancia, la casa grande. Vivíamos allí con la tía y los abuelos desde que mi padre nos abandonó poco antes de cumplir yo dos años.

La propiedad en sí es un pazo en el Concello de B. al que se accede por el antiguo trazado de la carretera, en la curva con la general. El asfalto es viejo, con grava suelta y salpicado de hierbajos. Pasas el antiguo puente de barandillas verdes y calvas de óxido para adentrarte en el camino de acceso, enfilado entre carballos con algún que otro laurel, pino o saúco que mi Nucha llamaba «uvas de bruxa». Los árboles más gruesos llevan collares de hiedra y colgajos de epífitas en las ramas, los jóvenes apenas unos parches de liquen. Al ir avanzando baja la temperatura, como si el calor y la luz huyeran de esta parte del bosque. Pronto se llega al portalón de madera que divide en dos el muro de perpiaños adornados de líquenes verdes y grises. Hoy, una lastimosa cadena con un candado herrumbroso cierra las jambas. Aquel día la cadena estaba nueva y el candado brillante, la hiedra no se había enseñoreado aún de la mampostería de las edificaciones y dejaba ver la piedra armera sobre la puerta de la casa grande. El lugar casi parecía congelado en el tiempo como si me hubiese ido a estudiar a Madrid la semana anterior. Excepto por el silencio. Los buceros del abuelo no salieron a recibirme al llegar, el hórreo estaba vacío, el huerto devorado por las malas hierbas. Limpiarlo sería una buena distracción pensé mientras abría la entrada de la casona.

El olor a cerrado me hizo toser. Tanteé con la mano tras la puerta buscando el interruptor de guillotina para poder encender alguna luz y abrir ventanas sin tropezar con nada. En cuanto abrí el comedor y el despacho del abuelo silbó el aire atravesando la casa y levantando polvareda añeja de los muebles. Los sonidos de las habitaciones iban abriendo cajoneras de mi memoria, como al entrar en la cocina que hice sonar la baldosa suelta entre la puerta y la alacena. Conocía a la perfección aquel doble clac, varias veces al día la hacíamos repicar al entrar o salir con rapidez para poner la mesa mientras mi Nucha remataba el potaje. Observé con nostalgia los detalles de aquella estancia fría y silenciosa, buscando recuerdos. En el rincón estaba la puerta de la despensa y junto a ella otra que al reconocerla me hizo encoger el estómago. La habitación de Goro.

A Goro le temía no solamente yo, sino todos los chiquillos de los alrededores. Hablaba un gallego hosco de garganta rasposa que ponía los pelos de punta. Su aspecto tampoco tranquilizaba. Con ese pelo crespo que parecía desbastado a cuchillo, alto y enjuto, unas manos de dedos largos y músculos como sarmientos… fuerte, muy fuerte. Cuando la avoa le hacía sacudir los colchones de lana, agarraba uno a pulso con cada mano y los llevaba a la cuadra. Allí los golpeaba con un largo bastón de castaño haciendo que resonase el sonido en todo el lugar, incluso más allá. Diría que las madres de los alrededores hablaban de él como un ogro del bosque a aquellos que se portasen mal amenazándoles con aquel bastón y su portador. Y es que contaban que le encontraron en el monte poco después de la guerra siendo un niño de unos diez años que sólo recordaba su nombre. Vivió desde entonces en casa de mis abuelos, hasta que desapareció el verano que yo cumplí los doce. Para las autoridades habría marchado en busca de pistas sobre su familia, las gentes aseguraban que había regresado al bosque, y ni unos ni otros le volvieron a ver o le buscaron con interés.

Recuerdo siempre cerrada la entrada de su estancia. Era una frontera visible que nunca traspasé aun cuando Goro ya hacía tiempo que no estaba, pues temía encontrarle en el interior con su vara. «Chiquilladas» pensé al empujarla y descubrir la negrura de aquel tabuco mientras un hedor a tierra enmohecida me llegaba de su interior. Tanteé la pared con los dedos hasta levantar el interruptor y que una débil bombilla que colgaba de un cable iluminase el jergón más un armario en la pared opuesta. Dejé la puerta abierta de aquel pozo para orearlo antes de subir las escaleras hacia mi pasado. El cuarto de mamá con esa cómoda oscura donde aún tendría la ropa que no se quiso llevar a la ciudad. El de la tía y su armario con espejos biselados heredado de no recordaba quién. Mi cuarto con la mesa de estudiar y el viejo barco de madera que el abuelo por algún motivo extraño. El amplio dormitorio de los abuelos, con la gran cama y dos butacones para leer, el tocador de la avoa y un armario enorme donde mi madre me dijo que habría sábanas limpias. Sobre ellas estaban unas bolsitas con lavanda ya seca que aparté antes de escoger un juego de toallas y las sábanas para preparar mi antigua cama.

El frío de la casa no remitía, mucho menos con todo abierto, así que cerré las ventanas e hice una lumbre con troncos resecos de la leñera para intentar caldear un poco la casa. Tuve que cenar junto al fuego algo del embutido que había llevado conmigo mientras priorizaba qué hacer al día siguiente: había agua, pero el termo no funcionaba, tampoco la nevera y utilizar la cocina de leña me parecía algo engorroso. Iba a tener la mente y el cuerpo ocupados durante bastante tiempo, que era lo que necesitaba.

Me lavé con agua fría en el baño y pasé junto al dormitorio de los abuelos. De la pared del pasillo entre su cuarto y el mío colgaba el aplique moruno de cristales coloreados que el abuelo dejaba encendido por las noches por si me daba miedo la casa grande. «Nada malo te ha de pasar mientras esté la lucecita, el abuelo irá a ayudarte si le llamas» rememoré su voz con una sonrisa al caminar hacia mi cama. Tras airear, el olor a cerrado había dejado paso a los otros aromas de la casa que me eran familiares: los muebles, las telas. El perfume del jabón de la avoa en las sábanas era relajante y dejaba que el sueño me alcanzase en el silencio de la casa.

Clac-clac. Mis ojos se abrieron de golpe al reconocer ese ruido tan familiar escaleras abajo. No era posible. En la oscuridad oía el arrastrar contra el suelo de un bastón, seguido de los toques contra los peldaños de la escalera al subir. Giré la cabeza hacia la entrada de mi cuarto sin distinguir más que tiniebla. Qué bien me hubiera venido dejar encendida la lámpara del abuelo. Una forma alta se entreveía en mi puerta y me levanté dando manotazos para defenderme mientras llamaba a gritos pidiendo ayuda. Al moverme agarré un objeto de madera antes de notar un dolor intenso en la cabeza, como si me estallase el cerebro.

Al no saber de mí en varios días, acudieron al pazo para acabar encontrando mi cuerpo encogido en el suelo junto a la cama sujetando un viejo bastón de castaño. Si bien el informe certificó un derrame cerebral, mi familia concluyó que el estrés del divorcio había sido demasiado para mí. Tras el entierro, se puso de nuevo la cadena en las jambas de este portalón. Desde ese día nadie pasa de aquí.

Ni siquiera yo, que aún le tengo miedo a Goro.

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