Ricardo no debía morir hoy
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| Fotografía: Zahid Mohammed |
Ricardo no debía morir hoy. En absoluto. Cincuenta y dos años. No se cuidaba mucho, pero tampoco abusaba. Alguna cervecita, sí. Carnes rojas, sal. Vale, estamos de acuerdo en que una placa de colesterol no es algo para tomarse a broma. Pero lo descubrieron a tiempo. Casi. Una comida con amigos, una agradable sobremesa que se interrumpió cuando Ricardo empezó a hablar de manera extraña. Pronunciaba mal, como un borracho, y apenas había tomado dos vasos de vino. Arrastraba las palabras; un lado de la cara se le descolgaba inerte. Cuando llegó la ambulancia, ya se había recuperado. El médico que le atendió sospechó un accidente cerebrovascular transitorio y, directos, al hospital. Triaje y observación.
Dos días después, las pruebas confirman el ateroma en una arteria. La ubicación es complicada, pero no demasiado. El cirujano es optimista y busca un hueco disponible esa misma semana. Hay suerte y se programa la cirugía. Casi rutinaria, a principios de semana el cirujano ya tuvo otra. Y ahí está Ricardo, sedado, con un catéter en la vena buscando la placa. Rutina, como digo.
Pero, de esas cosas que pasan, hay una complicación. Inesperada, pero nada espectacular. El monitor empieza a pitar y el anestesista reacciona rápidamente. Ya está pidiendo la medicación a ponerle en vena a Ricardo cuando éste se ve a sí mismo en la camilla. Es como ver una película. En un film donde Ricardo apenas se reconoce con el gorro de hospital y las sábanas de color verde rodeándole. A su alrededor los médicos y enfermeras afanándose en revertirle.
Ricardo está confuso. Es normal. Es espectador de una película mientras flota ingrávido a unos dos metros del suelo. En estos casos, muchos miran hacia arriba. Ven el túnel, la luz, y suben a echar un vistazo de cerca. Incluso hay quien oye alguna voz que le invita. Otros no llegan, se dan la vuelta y regresan. Más tarde lo recuerdan, y cuentan. La gente los mira meneando la cabeza y hablan de los efectos del cóctel de medicamentos que les han enchufado en vena. En alguna ocasión acaban de madrugada en televisión, o en la radio, contándoselo a un presentador que también menea la cabeza de modo paternalista antes de dar paso a la teletienda, o la publicidad del tarot.
Otros, como Ricardo, deciden en cambio darse una vuelta. No han visto la luz, o no les interesa. De repente Ricardo está un par de salas más allá, viendo como a Rosa le están poniendo clavos en su pierna derecha. Ella tampoco debía morir hoy. Apenas tiene treinta y cinco. Deportista. Ha estado cerca, cuando el conductor las ha echado a ella y su bicicleta de la carretera. En el último momento, el cuerpo de Rosa giró. Fue su pierna, no su cabeza, lo que impactó contra el árbol. En fin, en un año o quizá menos, estará de nuevo sobre su bicicleta. Con una fea cicatriz en la pierna y mirando revirada a los coches, eso sí.
El anestesista insiste, luchando por recuperar el cuerpo de Ricardo. Alejado de su cuerpo, él sigue explorando. No recuerda lo que el cirujano le explicó sobre el ateroma. Cómo su tensión ligeramente alta había desprendido una pequeña parte del mismo y le había mandado al hospital tras el ictus. Naturalmente, le explicó el médico, todas las intervenciones tienen riesgos. Mínimos, en este caso, de que otro fragmento se desprendiese y causase un problema mayor.
Y mientras el anestesista sigue insistiendo en revertir a su paciente, éste observa a Maikel que en otro quirófano se desangra por dos agujeros. Y es que Maikel sí debía morir hoy. Veintiséis años, apenas diez en España y poco más de nueve en bandas. Peleas, trapicheos. Involucrado en dos muertes según la policía que no pudo probar nada. Algo más que involucrado según los testigos presenciales que prudentemente guardaron semejante aseveración para sí mismos.
Un mal bicho éste Maikel. Pero listo. Y ambicioso. Capaz de organizar envíos desde su patria. Incluso ha logrado despistar parte del envío y gestionarlo por su cuenta. La policía no es que no haya podido probarlo, ni siquiera se ha enterado. Los que sí se han enterado han sido sus jefes. De hecho, un compatriota está pasando los controles del aeropuerto para regresar a su país. Llegó ayer. Hace dos horas le dio los dos balazos a Maikel, y enfiló por la autovía antes de que nadie le pudiera dar el alto.
Lo dicho, Maikel debía morir hoy. Lleva en ello dos horitas largas ya. El asesino es bueno, pero los médicos se obstinan. Siguen insistiendo con plasma, medicación y suturas para parchear a Maikel y mantener su corazón en marcha tras superar la tercera crisis. Listo, ambicioso y tozudo, todo hay que decirlo. Se agarra a su cuerpo y no sale como Ricardo, que está mirando la escena con curiosidad. Maikel en el centro, rodeado de médicos. Un vaho oscuro ocupaba el resto del quirófano. Nosotros acechábamos, esperando a que saliera de una vez. Hace ya tiempo que a Maikel no le espera un túnel ni una luz sino un pozo oscuro. Voces sí. Perdonadme, más bien diría lamentos. Algún grito incluso. Una lástima que Ricardo nos haya visto también, porque nuestro jefe no quiere testigos. Prefiere que habléis de luz, y túneles, y que el presentador menee la cabeza con paternalismo antes de dar paso a la teletienda. Pero no que habléis de nosotros. Pobre, pobre Ricardo. No debía morir hoy.



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